lunes, 21 de diciembre de 2015

Hogar

Recuerdo que antes vivía en una casa, no muy grande ni lujosa,  más bien vieja.
El color ocre de sus paredes me repugnaba,  y lamentaba el hecho de que mi cuarto no tuviese ventana.
A lo largo de los años,  he pasado por tres de sus habitaciones,  y finalmente,  conquisté la segunda más grande, que a día de hoy me sigue aguantando.
El sótano también ha visto pasar fiestas con amigos y familiares,  incluso me está acogiendo mientras escribo esto,  con apenas dos dedos,  en la pantalla de mi teléfono.
Esta casa ha visto a dos nuevos inquilinos llegar,  uno rubio y otro con mucho más pelo.
También ha aguantado riñas,  discusiones,  alegrías y celebraciones.
Sin embargo, muchas cosas han cambiado desde aquellos tiempos de color ocre.  Ese espantoso tono de las paredes abandonó esta casa a mediados del verano pasado; y no sé si lo echo de menos. No por que me gustase, eso ni en sueños; tampoco porque no me guste el nuevo. Pero en aquellos tiempos, aquellos tiempos de color ocre,  no había cabida en mí para la tristeza. Esas paredes me vieron crecer,  caer y volver a levantarme. Esas paredes me sostuvieron cuando lloraba frente a ellas,  porque me habían visto en mis mejores momentos. Y temo que los nuevos colores que visten mi casa,  mi hogar,  se lleven una mala impresión de mí, y me abandonen cuando ni yo mismo sepa sostenerme en pie.
Ahora miro esta casa, y siento que nunca he vivido aquí. Que este no es el hogar que un día fue.

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