Recuerdo que antes vivía en una casa, no muy grande ni lujosa, más bien vieja.
El color ocre de sus paredes me repugnaba, y lamentaba el hecho de que mi cuarto no tuviese ventana.
A lo largo de los años, he pasado por tres de sus habitaciones, y finalmente, conquisté la segunda más grande, que a día de hoy me sigue aguantando.
El sótano también ha visto pasar fiestas con amigos y familiares, incluso me está acogiendo mientras escribo esto, con apenas dos dedos, en la pantalla de mi teléfono.
Esta casa ha visto a dos nuevos inquilinos llegar, uno rubio y otro con mucho más pelo.
También ha aguantado riñas, discusiones, alegrías y celebraciones.
Sin embargo, muchas cosas han cambiado desde aquellos tiempos de color ocre. Ese espantoso tono de las paredes abandonó esta casa a mediados del verano pasado; y no sé si lo echo de menos. No por que me gustase, eso ni en sueños; tampoco porque no me guste el nuevo. Pero en aquellos tiempos, aquellos tiempos de color ocre, no había cabida en mí para la tristeza. Esas paredes me vieron crecer, caer y volver a levantarme. Esas paredes me sostuvieron cuando lloraba frente a ellas, porque me habían visto en mis mejores momentos. Y temo que los nuevos colores que visten mi casa, mi hogar, se lleven una mala impresión de mí, y me abandonen cuando ni yo mismo sepa sostenerme en pie.
Ahora miro esta casa, y siento que nunca he vivido aquí. Que este no es el hogar que un día fue.
lunes, 21 de diciembre de 2015
Hogar
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