viernes, 18 de marzo de 2016

Noche

Nací bajo la suave luz de Luna
y la lenta agonía de una vela,
una efímera llama que, al consumirse,
dio luz a un anhelo, eterno.

Caí en un frío charco de esperanza,
cuna de piedra, sepultura del deseo
más tímido y sincero; oculto
entre las grietas del oscuro suelo.

Crecí entre la niebla y su sosiego,
arropado con el canto ronco y sordo
de aquel Cuervo; «Nunca Más»
fue su lamento; jamás volví a verlo.

Caminé por las rojas y verdes rocas,
presas ahora de la vida, sustento,
hogar, de musgos pasajeros; admiré
la belleza del agua y su reflejo.

Contemplé la viva imagen de la noche,
madre amada, transparente, pura y llena
de contrastes y luceros; única, viva,
bella durmiente, canción eterna.

Vislumbré una luz a lo lejos; era él,
bravo cazador de sueños. Ella moría;
él se alzaba victorioso y triunfador.
Madre, amada, ya no estaba.

Y morí bajo la luz del Sol
y la lenta agonía de una Noche,
una efímera Noche que, al llegar su hora,
dio luz a mi anhelo, eterno.